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      Crónica de una debacle electoral inesperada

      Crónica de una debacle electoral inesperadaElecciones PASO 2021. Sede de Campaña Frente de Todos. Foto: Jose Brusco | pool argra

      El resultado de las PASO fue un verdadero baldazo de agua fría para el gobierno de Alberto Fernández. La magnitud de la debacle electoral del Frente de Todos fue superior a cualquier especulación previa.

      Durante las semanas anteriores a la elección se esperaba ciertamente que el gobierno tuviera una mala performance en la franja central del país, principalmente en Córdoba, Santa Fe, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y Mendoza. En la provincia de Buenos Aires, a la que muchos analistas consideran “la madre de toda las batallas”, se preveía un resultado parejo, aunque favorable al gobierno, entre la suma de las listas de Diego Santilli y Facundo Manes de Juntos con el Cambio, y la lista del Frente de Todos encabezada por Victoria Tolosa Paz.

      Un triunfo en provincia permitiría compensar por las performances previsiblemente flojas en los demás distritos grandes. En el resto del país, mayoritariamente gobernado por el peronismo, se asumía que los oficialismos locales triunfarían.

      El resultado fue infinitamente peor a lo que podía imaginarse. La performance del oficialismo puede evaluarse en torno a tres variables:

      1) el resultado en términos de bancas, que es lo que verdaderamente está en juego en una elección legislativa;

      2) el resultado a nivel nacional, que en los hechos es una construcción artificial dado que la elección de mitad de mandato no es una elección sino 24 elecciones;

      3) el resultado en provincia de Buenos Aires. La mítica madre de todas las batallas es el distrito más poblado del país con un 37% del electorado nacional. Su peso en una elección presidencial es innegable (aunque Macri fue electo presidente sin ser el candidato más votado en la provincia de Buenos Aires), pero está sub representada en el Congreso.

      En estos tres planos el resultado de las PASO fue una verdadera paliza para el Gobierno. En materia de bancas la expectativa era que el oficialismo ganaría algunas bancas de diputados, aunque no las suficientes como para tener quórum propio en la Cámara Baja, y que perdería algunas bancas en el Senado, aunque sin necesariamente resignar la mayoría absoluta.

      Sin embargo, si los resultados de ayer se repitiesen en noviembre el Gobierno perdería 9 bancas de diputados, a pesar de renovar solo 51 escaños, frente a los 60 de Juntos por el Cambio; y perdería 6 de las 41 bancas que tiene en el Senado, con lo cual seguiría siendo la primera minoría, por tan solo a un escaño.

      Si se toma el voto a nivel nacional el oficialismo obtuvo un 32% de los votos válidos afirmativos. No es correcto comparar una elección presidencial como la de 2019 con una primaria legislativa. Sin embargo, es evidente, dada la cantidad de distritos en los que Juntos por el Cambio fue la fuerza más votada, que hubo una clara ola nacional de castigo a la gestión de Alberto Fernández en las urnas.

      Finalmente, en provincia de Buenos Aires, donde el gobierno se ilusionaba con romper el maleficio según el cual desde 2005 el kirchnerismo no ha ganado ninguna elección intermedia, Juntos por el Cambio dio el batacazo con una performance similar a la de la elección legislativa de octubre de 2017.

      ¿Qué pasará en noviembre? ¿Será la elección legislativa una réplica de las primarias? ¿Puede el Gobierno mejorar? Hay varias cuestiones a considerar.

      En primer lugar, hay un conjunto de listas que no estará en la elección de noviembre dado que no superaron el 1.5% de los votos válidos en las PASO. Habrá una menor oferta electoral y por ende una menor dispersión del voto.

      En segundo lugar, es esperable un incremento en la participación electoral que en las PASO alcanzó solo el 68% del electorado. Probablemente vaya más gente a votar en noviembre. Suele ser así desde que se comenzó a utilizar el sistema de PASO. A ello debe agregarse que probablemente haya un mayor porcentaje de población que haya completado el proceso de vacunación y un menor temor a contagiarse de Covid-19.

      Un cuarto elemento para considerar es la reacción del gobierno. Por un lado, su campaña se orientará a estimular el voto útil, buscando atraer votantes de terceras fuerzas que hayan superado el umbral de las PASO. A la vez, el gobierno probablemente buscará “poner plata en el bolsillo de la gente” sin importar los costos asociados a ellos el día posterior a la elección de noviembre.

      ¿Alcanzará? El aumento en la participación entre las PASO y las generales suele beneficiar a Juntos por el Cambio. Ese al menos fue el caso en 2015, 2017 y 2019. Y en las legislativas suele haber una menor participación que en las presidenciales. Con lo cual no es claro que el aumento en la participación por sí solo le permita revertir el resultado.

      La campaña y las medidas económicas con las que reaccione el gobierno deberían tener más incidencia. La pregunta más bien sería si el electorado castigó al Gobierno solo por la situación económica y por el pésimo manejo de la pandemia, o si hubo también un componente simbólico de ruptura en el vínculo del Presidente con una porción de los votantes del Frente de Todos.

      No me refiero exclusivamente al Olivos-Gate, el epílogo de un quiebre en la confianza del votante que apostó a que efectivamente con Fernández el kirchnerismo volvía mejor, y que tuvo su primer atisbo de que “la canción seguía siendo la misma” cuando el Presidente anunció la fallida estatización de Vicentín y cuando en uno de los peores momentos de la pandemia impulsó, en una muestra palmaria de falta de tacto político, una reforma judicial alejada de las principales preocupaciones de la sociedad.

      Ambos episodios fueron sucedidos por una creciente influencia y presencia de la Vicepresidenta Cristina Kirchner, lo cual, como sugiere el resultado de las PASO, redujo el apoyo del gobierno al núcleo duro de fieles del kircherismo.

      ¿Qué ocurriría si el 14 de noviembre el resultado es similar al de las PASO? El gobierno quedaría sumamente debilitado y con dos años de mandato por delante. A pesar de la reacción positiva de los mercados financieros, que descuentan tal vez de manera algo apurada un giro hacia políticas pro-mercado en 2023, hay motivos para la cautela.

      El Gobierno probablemente doble la apuesta de cara a las elecciones e intente recuperar los votos perdidos con una inyección de dinero, incluso a costa de agravar los desequilibrios macroeconómicos existentes. Ya habrá tiempo para ocuparse de ellos luego de las elecciones será el razonamiento que probablemente aplique el oficialismo.

      Amén de ello, el gobierno enfrenta un duro desafío: llegar a un arreglo con el FMI al cual debe pagarle el grueso de los 44 mil millones de dólares desembolsados en el marco del Stand-by de 2018, entre 2022 y 2023. Las tratativas con el Fondo vienen demoradas, más que todo por la decisión del gobierno de postergar las negociaciones para después de las elecciones. Un escenario de marcada debilidad política dejará pocos incentivos al gobierno para comprometerse a un ajuste.

      Más aún, el programa con el Fondo debe ser ratificado por el Congreso. Probablemente Juntos por el Cambio no sea un obstáculo en la medida que el gobierno no busque ordenar las finanzas públicas mediante un aumento de la presión tributaria.

      Finalmente, ¿de qué modo procesaría el Frente de Todos una derrota de esta magnitud? Cada vez se hace más evidente que lo que resultó una brillante estrategia electoral es una pesadilla en materia de gobernabilidad.

      El vice-presidencialismo de coalición, tomando prestada la expresión de Luis Tonelli, ha dado muestras de ser un verdadero problema a la hora de conducir el gobierno nacional. Lo único que mantiene unida a la coalición oficialista, a pesar de las notorias diferencias que en una variedad de temas tienen las distintas facciones que lo integran, es la perspectiva de mantenerse en el poder ganando elecciones.

      Hace casi un año la vicepresidenta se quejó a través de una epístola de los funcionarios que no funcionan. Más recientemente le dijo públicamente al presidente que ordenara lo que hubiera que ordenar. No sorprendería que la mala performance en las urnas lleve tanto a un aumento de las tensiones dentro del Frente de Todos como a un recambio ministerial.

      Si el Frente de Todos fuese una sociedad por acciones, resulta claro que el kirchnerismo con Cristina Kirchner a la cabeza es el accionista mayoritario; Sergio Massa y los gobernadores son accionistas minoritarios, en tanto que Alberto Fernández y su núcleo duro de colaboradores (“el albertismo”) son el CEO y el management de la compañía.

      El mal trance del gobierno va a estimular a los dueños a hacerse cargo del manejo de la empresa, preservando al CEO, pero desprendiéndose de sus colaboradores más cercanos. Al gobierno le quedarán dos duros años por delante en los que tendrá escaso margen para procrastinar, y al a vez escasos incentivos para sanear la situación macroeconómica.

      Ignacio Labaqui es politólogo y consejero académico de CADAL (www.cadal.org)


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      Ignacio Labaqui
      Ignacio Labaqui

      Politólogo

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