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Prensa / Diarios
LA ARGENTINA FRENTE A CUBA
27 de enero de 2004
Fuente: La Nación (Buenos Aires, Argentina)

La sensibilidad que el gobierno nacional exhibe ante distintos hechos en los cuales han sido vulnerados los derechos humanos debería trasladarse a lo que sucede en Cuba.

Dos cuestiones sacudieron en los últimos días a la opinión pública argentina, y es de esperar que sean atendidas adecuadamente por las autoridades nacionales.

En primer lugar, está la carta que cinco intelectuales argentinos enviaron al canciller Rafael Bielsa el miércoles último, en la que condenan las violaciones de los derechos humanos del régimen de Fidel Castro en Cuba y piden que nuestra embajada reconozca y reciba a sus opositores. En segundo lugar, la decisión del Gobierno de intervenir en favor del caso de la disidente Hilda Molina, la prestigiosa médica y ex parlamentaria cubana que desde hace diez años intenta sin éxito conseguir la autorización de La Habana para venir a visitar a su familia argentina.

Todo esto ocurre a pocos días de conocerse la suspensión del viaje del presidente Kirchner a la isla y con la perspectiva de tener que volver a pronunciarse sobre el tema de los derechos humanos en Cuba en la reunión de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, que tendrá lugar en Ginebra, en abril próximo.

El pedido del grupo de intelectuales -al que debe agregarse la presentación hecha por el Centro para la Apertura y el desarrollo de América Latina (Cadal), también para que el Gobierno se pronuncie sobre la situación de los opositores al régimen de Castro- busca sumarse a un movimiento en reclamo de la apertura democrática para la isla, que se ha extendido desde marzo último por varios países de Europa y que suscriben personalidades tan conocidas como Pedro Almodóvar, José Saramago, Rosa Montero y la organización Reporteros sin Fronteras. En el caso de los argentinos -Marcos Aguinis, Juan José Sebreli, María Sáenz Quesada, Sylvina Walger y Fernando Ruiz-, es importante puntualizar que sus posiciones ideológicas no coinciden en todos los casos, pese a lo cual buscaron reunir a quienes mantienen "equidistancia" respecto de las posturas más extremistas en favor y en contra de Fidel Castro. Una tarea nada sencilla porque hay amplios sectores del progresismo argentino que no se animan a condenar las violaciones de los derechos humanos en Cuba, aun cuando lo hacen con entusiasmo cuando se trata de esas mismas violaciones, pero en el caso de los Estados Unidos y los prisioneros de la base de Guantánamo.

Las violaciones de los derechos humanos lo son en todos los casos, no importa el país donde ocurran. Cuando Marcos Aguinis compara el sistema político cubano con el estalinismo y afirma que es vergonzoso que los argentinos, que han sufrido en carne propia esa experiencia durante la dictadura, no se expresen con energía para defenderlos en otras partes, está señalando con lucidez una flagrante contradicción que, por desgracia, no deja de repetirse en la historia de la humanidad. Porque, efectivamente, fueron muchos los intelectuales de todo el mundo que negaron en un primer momento los crímenes cometidos durante el régimen de Stalin contra los opositores, para luego condenarlos horrorizados cuando por fin aceptaron su existencia.

Sin embargo, la promesa hecha por el canciller Bielsa a Roberto Quiñones, hijo de la médica disidente Hilda Molina, de que se hará el mayor esfuerzo posible para resolver el reclamo del viaje de su madre a la Argentina -si bien se acordó mantener el reclamo como una cuestión humanitaria y no como una cuestión política-, permite alentar esperanzas sobre un cambio en la posición del gobierno nacional hacia el régimen de Fidel Castro.

No se puede dejar de recalcar una vez más que la Argentina, si pretende ser nuevamente considerada un país serio por el resto de las naciones, debe definirse en forma clara ante la incipiente apertura democrática que encarna el movimiento cívico cubano, la mayoría de cuyos miembros está ahora en las cárceles de Castro. No debemos olvidar que la salud del dictador está cada vez más deteriorada y que, cuando se produzca su muerte, habrá que temer que sus seguidores, queriendo perpetuarse en el poder, puedan llegar a cometer iguales o peores atrocidades que su líder contra los que busquen una rápida salida democrática a más de cuatro décadas de férrea dictadura. Si eso ocurriera, todo el mundo, y también la Argentina, debe estar preparado para acudir en su ayuda.