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Prensa / Diarios
VISIONES ARGENTINAS
15 de junio de 2004
Fuente: El Mercurio (Chile)

Es inconmensurable lo que Chile y Argentina podrían ganar si buscaran una complementación entre sus sociedades, no sólo entre sus economías.

Hace algunos días, junto a un grupo de académicos y parlamentarios chilenos, tuve la ocasión de participar en Buenos Aires en un seminario titulado "Lecciones de la experiencia chilena para Argentina y América Latina", organizado por un centro de ideas de corte liberal.

Ya el título nos ruborizó a los que íbamos de Chile; pero más nos abochornó el tono con que se refirieron a nuestro país los participantes, que provenían de un amplio espectro político.

Entre ellos estuvo Carlos "Chacho" Álvarez, el líder de la izquierda argentina que llegó a ser Vicepresidente de De la Rúa. Éste partió por reconocer la lucidez de Pinochet en instalar un nuevo modelo de desarrollo, y la visión de la Concertación en orden a reformar ese modelo y no desmantelarlo. Aplaudió sin reservas la política de consensos por la cual se llevó a cabo la transición; alabó la creación y funcionamiento de la Concertación, y cuestionó las críticas acerca de las desigualdades sociales en Chile: si éste es el problema, se preguntaba, ¿por qué, entonces, la alternativa a la Concertación no surge de una izquierda igualitarista, sino de una derecha neoliberal?

En el extremo opuesto del arco político, Ricardo López Murphy, quien fue candidato presidencial en las elecciones últimas y es hoy líder indiscutido de la derecha liberal argentina, se declaró admirador incondicional de Chile. Subrayó, básicamente, tres cosas: su apertura exterior y la política internacional; su apego a la ley y a las instituciones; y lo que llamó su disposición a "seguir el manual" en materia de desarrollo, en vez de andar siempre tratando de inventar la rueda.

Ambos comentarios revelan, por contraste, una cierta visión acerca de la Argentina. La opinión es que el éxito de Chile se debe a su prudencia, disciplina, laboriosidad, pragmatismo e institucionalismo. Así, todo aquello que llega a hacer a Chile pedestre y rutinario, es valorado como un factor clave en sus buenos resultados. El fracaso argentino, en cambio, obedecería a su desmesura, a su devoción por la astucia y la creatividad, a su discurso desapegado de la realidad, y a un porfiado mesianismo que lo conduce, periódicamente, a depositar su fe en un líder salvador (Perón, Menem, De la Rúa y, ahora, Kirchner).

Desde el punto de vista de un chileno, llama la atención el brillo con que los trasandinos reflexionan acerca de los orígenes de su crisis - la cual es un verdadero objeto de culto, sobre el cual se gira y gira sin descanso- . Es un brillo cargado de vuelcos retóricos, porque, de verdad, es bastante poco lo que queda en limpio cuando se apaga el sonido majestuoso de sus palabras. El análisis tiende a ser siempre anecdótico, con el foco en el desempeño de ciertas personas y camarillas; lo que revela - pero, a la vez, refuerza- el escaso peso de las instituciones. Asombra, también, que la historia argentina sea presentada siempre como única, imposible de encasillar en cartabones universales - desde la lógica de un "manual", al decir de López Murphy.

Para nosotros, acostumbrados a someter nuestra realidad a modelos corrientes y predecibles, resulta difícil el diálogo con una intelectualidad que está siempre poniendo por delante - con un resplandor que llega a ser inhibitorio- la originalidad argentina. Pero habría que intentarlo. Es un escándalo lo poco que en Chile conocemos de la Argentina; y es inconmensurable lo que podríamos ganar, si buscáramos una complementación entre nuestras sociedades, no sólo entre nuestras economías.

etironi@mercurio.cl

Este artículo fue originalmente publicado en el diario El Mercurio (Chile) el día 15 de junio de 2004.