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Prensa / Diarios
Rojas: "No hay una cultura democrática en la Argentina"
16 de junio de 2004
Fuente: La Nación (Buenos Aires, Argentina)

La visión del parlamentario sueco, de origen chileno, y su análisis del país  

En la Argentina, según Mauricio Rojas, no hay una cultura democrática, sino una fuerza política, el peronismo, "que gobierna o hace ingobernable el país". El problema no comenzó con Perón, dice, sino mucho antes. Con Rosas, quizá, centrado el mensaje desde entonces en "organizar la banda que va a asaltar el poder para asaltar, a su vez, al resto del país" bajo la tutela "del caudillismo, el clientelismo y el patoterismo".
Tan descarnada visión no proviene de un lejano parlamentario sueco de filiación independiente y orientación liberal, sino de un chileno que, antes del exilio en Estocolmo como consecuencia de la dictadura de Pinochet, supo abrazar la causa pro castrista del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). "En un momento dado, yo mismo estaba dispuesto a entrenarme en Cuba para poner una bomba en Santiago", confiesa en una entrevista con LA NACION.
Entre otros libros, Rojas ha escrito "Historia de la crisis argentina", reeditado por el Centro para la Apertura y el Desarrollo de América latina (Cadal) y el centro de opinión sueco Timbro después de haberse agotado su primera edición, así como "Mitos del milenio", una refutación a los profetas del fin del trabajo que presentó recientemente en Buenos Aires, en Santiago y en Montevideo.
La Argentina ha sido objeto de los análisis de Rojas durante años. Acaso por haberse criado en Chile con la idea del país de la abundancia, "del que mis abuelos traían el mantecol, los alfajores, el chocolate blanco y el jamón crudo", y de Buenos Aires como la ciudad más cercana a Europa.
En un viaje al país, en 1990, bajo los efectos de la hiperinflación, Rojas no pudo evitar su sorpresa frente al recibimiento de un funcionario de Migraciones: "Bienvenido a Africa". Y, mientras revisaba su pasaporte y comentaba que iba a asistir a la asunción del primer presidente democrático de Chile después de la dictadura, Patricio Alwyin, se quedó perplejo frente a otro comentario inapropiado y desafortunado: "¿No podrían mandarnos a Pinochet, ahora que está desocupado?"
En el camino había quedado un pasado difícil por la cual debió enfrentarse hasta con su madre, ya fallecida, que "estuvo en la cárcel y en la casa de torturas, incluso, durante la dictadura". En 1979, Rojas publicó en España su primera tesis sobre la conversión de la izquierda al liberalismo. "Y ella entró en la pieza y me tiró el libro por la cabeza, diciéndome: tú estás destruyendo mi vida -recuerda, apocado, frente a una taza de café con leche servida en una sala de reuniones de la Universidad Católica Argentina (UCA), donde pronunció una conferencia-. Mi vida podía recomenzar; la de ella, no. Gente como mi madre, la mejor persona del mundo, era capaz de generar el terror. Era terrible aceptarlo para una mujer que había luchado por el socialismo, que había visto caer a Allende."
Rojas, profesor universitario de Historia Económica y vicepresidente de Timbro, nació en 1950 en Santiago. En la Universidad de Chile estudió Derecho entre 1967 y 1972; en Suecia, donde reside desde 1974, alcanzó el doctorado en la Universidad de Lund. Por su tesis sobre inmigración, el primer ministro Carl Bildt requirió sus servicios. En su partido, el conservador, presidió la comisión contra la exclusión social, pero jamás se afilió a él. Después, el Partido Liberal iba a convocarlo como candidato independiente al Parlamento, del cual forma parte desde 2002.
Cada vez que aterriza en Ezeiza recuerda aquel incidente de 1990 con el funcionario de Migraciones. "La Argentina tiene una historia apasionante, de novela -dice-. Por eso me interesó siempre, más allá de mis estudios profesionales. Hay una dramaturgia en lo argentino. Es la novela hecha país. Quizá no es lo más propicio para que el país surja."

-Una década después de aquel viaje suyo hubo otra crisis...
-No se puede hablar de una crisis, sino de un largo proceso de crisis. Primero, la decadencia, a partir de 1930, y, también, después de la muerte de Perón, en 1974. Están la guerra sucia, las Malvinas, la hipercorrupción de Menem, que van afectando la esencia de la sociedad. Son distintas crisis que afectan el capital de confianza mutua y el proyecto de país. La sociedad argentina se mueve entre un nacionalismo casi neurótico, agarrándose de cualquier cosa, y una desesperanza total. Es impresionante la cantidad de argentinos que, en momentos de crisis, dicen que hay que irse de aquí. El chileno es patriota; el argentino es nacionalista. Hay una idea grande de la Argentina que cada vez se ve más lejos de la realidad.

-¿Prima la nostalgia?
-Sí: está el pasado de las vacas gordas.

-Pero ninguno de nosotros ha vivido ese pasado. ¿De qué nostalgia hablamos?
-Peor entonces, porque es un mito. Hay una diferencia entre los recuerdos y los mitos, que crecen y tienen vida propia. Eso se dio en Suecia. Cuando la realidad se transforma en mito, tenemos problemas muy serios para cambiar. Eso hace también encantador al argentino. Cuando el argentino conversa, hace la historia de los problemas, pero no los asume.

-Es parte del problema, no de la solución.
-El chileno, por ejemplo, tiene una historia de pobreza y decide más rápido hacer esto o invertir en aquello. Es una gran diferencia que, psicológicamente, implica un peso para el argentino. Cualquier progreso no llega a la altura del mito colectivo y se mantiene la frustración. Los demás latinoamericanos vienen subiendo de a poco. Algunos países europeos, como Suecia, tienen ese síndrome de que lo mejor de la historia para atrás. Suecia es, un poco, eso.

-El estado de bienestar ha fracasado, sin embargo.
-Sí, claro, pero hubo un tiempo en que había bienestar. Había plata para todos y se iba llenando el mito de esa Suecia ilimitada. Hay un paradigma de interpretación que es nostálgico y es bastante problemático.

-Tan problemático como la pregunta recurrente de los argentinos: ¿cómo nos ven?
-Ahora hay una personalidad un poco más modesta. Antes eran más arrogantes, lo que tenía una razón de ser.

-¿La Argentina es un país condenado al éxito?
-Eso suena a chiste...

-En los años 70 se decía que había cuatro clases de países: los Estados Unidos, la Unión Soviética, Japón, por no tener nada y haberlo hecho todo, y la Argentina, por tenerlo todo y no haber hecho nada.
-La Argentina se rehace por la inmigración de fines del siglo XIX. Hay una idea de crear una nación que incorpora al inmigrante. Perón incorpora al obrero. Es un país donde la política es refundar la identidad por medio de un caudillo que propone un nuevo símbolo. Eso refleja su inseguridad. En ningún pueblo que sabe de dónde viene o adónde va aparece un político capaz de refundarle la identidad o de crearle otras metáforas. Todos se reirían.

-Chávez está haciéndolo en Venezuela.
-Chávez no es un buen ejemplo. En todos los países hay un momento clave en el que todo político formula una metáfora. Eso tiene un momento histórico. Perón incorporó elementos nuevos a la política argentina, lamentablemente, con formas que han sido muy traumáticas.

-También creó antagonismos, como Braden o Perón, a los cuales no parece ajeno Kirchner, con sus teorías del complot.
-En la Argentina hay una tendencia al escapismo, a encontrar un chivo expiatorio. Yo siempre pienso que un país que ha pasado 30 años de descalabro y 70 años de retroceso relativo no puede seguir creyendo que ha sido por accidentes, por complots, por malas políticas o por malos presidentes. Tiene que entender que hay una estructura que está mal. El primer paso para que el país vaya a algún lado es entender que su problema no es puntual, ni un accidente, ni un complot de alguien que no quiere a la Argentina. Un taxista me habla mal de los norteamericanos y me hace pensar que ese tema se está explotando políticamente. Y ahora se lanza la teoría de un complot interior. Si eso es todo lo que se ha aprendido del desastre, quiere decir que no se ha aprendido nada.

-¿Hasta qué punto existe una cultura democrática en el país?
-Creo que la Argentina no tiene una cultura democrática. La estructura de la política en la Argentina es profundamente antidemocrática. Hay una fuerza política que gobierna o que hace ingobernable el país: es el peronismo. Ninguna democracia está consolidada mientras una fuerza se sienta con el derecho de generar esa sensación. Porque la alternancia en el poder se reduce a la nada. Si hay un gobierno no peronista, le declaran 13 o 14 paros nacionales y el país se va al hoyo. Pasó con Alfonsín. Es lo peor que se puede imaginar. La Argentina está constituida sobre la base de una política de caudillismo, clientelismo y patoterismo.

-¿Eso empezó con Perón?
-Se repite desde Rosas. El mensaje es organizar la banda que va a asaltar el poder para asaltar, a su vez, al resto del país. Esa forma de hacer política ha penetrado en todas las estructuras sociales. Y hay una especie de paradigma de la acción colectiva que ejerce ese papel: nosotros asaltamos y el resto que se vaya al hoyo. Es una política de la Edad de Piedra. Es increíble, en un país de gente civilizada. La corrupción estuvo presente con los radicales, con Yrigoyen. El peronismo es una actualización, una condensación de esos rasgos, incluso en el nivel de la parodia por Evita, la movilización de las masas, el populismo, la propaganda, la xenofobia. Son elementos permanentes con alzas y bajas. En el fondo, el corazón de la política argentina está en la patota. La estancia hecha país, según describe Sarmiento al país de Rosas. Es la idea del político que tiene su provincia o su gobernación como feudo. O el industrial que tiene el país como feudo: lo cierra, lo protege durante cien años. Esa idea crea un capitalismo premoderno y una democracia premoderna.

-¿Nota algún cambio con Kirchner?
-Hay cierta prudencia fiscal. Yo quise creer, y todavía quiero creer, que Kirchner es una carta a la que habría que darle alguna oportunidad. Pero está jugando mal. Está mostrando tendencias políticas claramente perniciosas. Y esto de la teoría del complot es muy grave, porque es el chantaje político hacia el opositor. El opositor es vendepatria o agente de la CIA. Es el recurso más fácil.

-Si, como usted dice, el chileno es patriota y el argentino es nacionalista, ¿por qué se insiste en incorporar el modelo chileno como la solución argentina?
-Opino igual que tú. Esto de los modelos es una aberración del pensamiento político. La base del cambio de un país es su herencia cultural positiva. La Argentina tiene que recuperar su historia positiva, su Alberdi, su Sarmiento. Tiene que buscar sus propias respuestas, no las chilenas o las suecas.

-¿Hay una identidad argentina?
-Claro que sí. En ninguna parte se ha leído tanto a Freud como en la Argentina. Buenos Aires debe de tener la mayor cantidad de psicoanalistas del mundo. No sólo porque hay editoriales y librerías, sino porque hay una necesidad de autoanalizarse. Creo que la frustración ha hecho la identidad. El problema es que una identidad basada en la frustración tiene como necesidad neurótica la compensación, que llega en los momentos de argentinismo que el fútbol o el tenis pueden dar.

-Pasamos de la cima al precipicio en un santiamén.
-Pasan del enamoramiento a la nada, lo cual es mucho más interesante para el que observa desde afuera que ese amor estable en el que no pasa mucho. La Argentina tiene una historia apasionante, de novela. Por eso me interesó siempre, más allá de mis estudios profesionales. Hay una dramaturgia en lo argentino. Es la novela hecha país. Quizá no es lo más propicio para que el país surja.

-¿Perdimos el tren de los noventa, con la globalización y las privatizaciones?
-Si algo ha faltado a la Argentina son las instituciones liberales básicas. Creer que las crisis argentinas son producto de mucho liberalismo en el sentido sólido de la palabra es falso.

-¿Cómo actúa la patota en la Argentina?
-La patota está en todo. Golpea como golpea el sindicato, como golpean las organizaciones empresariales.

-¿Los piqueteros son patota?
-Por supuesto.

-¿En qué medida se parecen a los indígenas bolivianos que, con cortes de rutas, derrocaron al gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada?
-Representan una patología argentina de la acción social. La posición del indígena en Bolivia representa otro tipo de manifestación. Es legítimo organizarse y protestar, pero la movilización argentina no es para cambiar un país por una patria mejor, sino para que le den la mayor cantidad de prebendas que pueda repartir. Y punto. Una cosa es movilizar para asaltar y otra cosa es movilizar para cambiar el país. Una es política, aunque esos métodos sean discutibles; la otra no es política.

-No deja de ser un factor de poder.
-El sistema argentino ha resuelto eso con las clientelas organizadas. Hay conflictos, pero funciona. También la mafia tiene conflictos. Cuando tú creas un señor feudal, el peligro es que pierda los límites de su acción y empiece a amenazar a todo el Estado. La historia argentina está plagada de ese tipo de ejemplos. El caudillismo argentino contrasta con los niveles de civilización del país. Si tú ves el caudillismo en Africa, en donde un jefe moviliza a su tribu, dices, bueno, es una sociedad tribal. La Argentina no es una sociedad tribal, pero tiene conductas políticas de la sociedad tribal. Incluso, políticas sociales de la sociedad tribal. Esa es la paradoja argentina.

-¿Cómo se rompe con ella?
-La Argentina tiene que pagar sus deudas. No entienden muchos que la deuda es un problema de confianza del país. Creaste la mentalidad de no pagar las deudas, de un país que no paga sus deudas porque alguien va a pagarlas. Vamos a pagar la deuda porque no quiero un pueblo de pillos, debería decir algún político. No creo que tuviera éxito, desde luego.

-¿Hay una salida que no sea Ezeiza?
(Ríe) -La reforma del Estado es lo único políticamente articulable. Alguien planteó que el problema no es la política, sino la sociedad. Que una sociedad como la que tienen genera políticas como las que tienen. Es una visión imposible. Si la sociedad está enferma, ¿qué haces? ¿Te vas? Para que Ezeiza no sea la única salida tienes que terminar con las mafias políticas, el caudillismo. Yo hablaría de un pacto por la decencia. La oposición o el Gobierno deberían plantearse que la Argentina tiene que resolver ese problema: pasar de la patota a formas más civilizadas, en las que disentimos, pero no nos matamos; nos oponemos, pero no nos robamos, en las que la política sea generar un país, no asaltar al vecino.
Por Jorge Elías De la Redacción de LA NACION