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Corea del Norte bajo la lupa

20-07-2022

Una oferta que no debería rechazar: por qué Corea del Norte evita la ayuda contra el COVID

(38 North) Desde que Pyongyang reconoció oficialmente en junio su primer caso de COVID en dos años y medio de pandemia, diferentes países y organizaciones globales como Naciones Unidas ofrecieron ayuda humanitaria, vacunas y medicamentos. Corea del Norte ha rechazado todas esas ofertas sin dar explicaciones pese a que, sin esa ayuda, el virus puede extenderse con facilidad en el país y crear las condiciones perfectas para que surjan nuevas variantes. Uno de los motivos de esa negativa es la desconfianza que generó la politización de la asistencia humanitaria durante el gobierno de Donald Trump y que su sucesor, Joe Biden, mantiene por el momento a pesar del impacto global del COVID.
Por Daniel Jasper

(38 North) El brote de COVID-19 en Corea del Norte es una preocupación global. La infraestructura sanitaria del país, que el Índice de Salud Global ha clasificado en el puesto 193 de 195, no está equipada para manejar una pandemia, especialmente una que se transmite tan rápidamente como la variante Omicron. Sin tratamientos ni vacunas, el virus amenaza con extenderse por todo el país. Esto crearía las condiciones perfectas para que surjan nuevas variantes, lo que supone una amenaza para el resto del mundo.

Muchos señalarán con razón aquí que Estados Unidos, Corea del Sur e iniciativas multilaterales como el COVID-19 Vaccines Global Access (COVAX) han expresado su voluntad de proveer ayuda por el COVID y que Corea del Norte no ha aceptado hasta la fecha. Más allá de las probables frustraciones en Washington y Seúl, es crucial subrayar que la rápida propagación de Omicron y de otras variantes emergentes no afecta únicamente a Corea del Norte: estos problemas son una amenaza a la seguridad global. Como tal, los esfuerzos de asistencia deben ser un objetivo común urgente. Es más, es necesario entender la historia reciente de la cooperación humanitaria en el país para saber por qué los norcoreanos dudan en aceptar ayuda y qué cambios de política podrían perdisponerlos a recibir asistencia.

Fuego, furia y comida: la politización de la ayuda en Corea del Norte

Los fallidos intentos diplomáticos durante la administración Trump pueden ayudar a entender la reticencia actuales de Corea del Norte a recibir ayuda de países que no sean su antiguo aliado, China. Al parecer, la distensión entre Estados Unidos y Corea del Norte fracasó en la cumbre de Hanoi cuando las dos partes se marcharon sin llegar a un acuerdo. Sin embargo, la diplomacia de la administración Trump nunca había sido consistente y la manipulación de los canales humanitarios socavó las negociaciones desde el principio.

Tras la primera reunión histórica entre Trump y Kim y la firma de la declaración conjunta de Singapur que prometía “establecer nuevas relaciones entre Estados Unidos y la República Popular Democrática de Corea”, Washington comenzó a restringir las operaciones humanitarias no gubernamentales en Corea del Norte y los principales canales secundarios, lo cual fue una forma desconcertante de restablecer las relaciones. Entonces, mientras Estados Unidos declaraba públicamente un nuevo comienzo en su relación con Corea del Norte, estaba cerrando cualquier compromiso significativo tras bastidores.

Inicialmente, cerrar los canales humanitarios no fue una política explícita del gobierno. Estas acciones fueron llevadas a cabo en silencio por el Departamento de Estado, que comenzó a negar a los trabajadores humanitarios las credenciales especiales necesarias para viajar a Corea del Norte. El Departamento del Tesoro también comenzó a retrasar significativamente las solicitudes de ayuda y a denegar aprobaciones incluso para actividades cooperativas simples como capacitaciones en tareas de reforestación que, hasta entonces, habían ayudado a reducir la necesidad general de ayuda al disminuir el impacto de las inundaciones.

Incluso antes de la Cumbre de Singapur, los canales de ayuda ya estaban bajo una presión significativa. Las sanciones de las Naciones Unidas (ONU) aprobadas en 2017 prohibieron el envío de cualquier producto metálico, una decisión que creó pesadillas burocráticas para las operaciones de asistencia. Poco después, se produjo una acumulación de envíos de ayuda en los puertos, lo que impidió que los más vulnerables accedieran a atención médica urgente. Los pacientes de cirugía no tenían anestesia y los programas de nutrición infantil se redujeron debido a los engorrosos procedimientos burocráticos y la confusión entre los funcionarios de aduanas. Mientras tanto, los proveedores y las compañías navieras se volvieron más reacios a trabajar con grupos de ayuda y los canales bancarios colapsaron por completo. Las estipulaciones de las sanciones de la ONU llegaron incluso a cubrir cucharas y clips, y en al menos 42 ocasiones, los envíos de ayuda se detuvieron en pleno tránsito, en algunos casos porque contenía pequeños artículos de metal como cortaúñas.

Para colmo, el Fondo Mundial para la Lucha contra el SIDA, la Tuberculosis y la Malaria anunció abruptamente en febrero de 2018 que dejaría de financiar proyectos en Corea del Norte. Citando cuestiones relacionadas con la "gestión de riesgos", la decisión detuvo los tratamientos que habían reducido la malaria en aproximadamente un 72 por ciento. El Fondo Mundial también contribuyó con una cantidad modesta pero significativa para tratar de satisfacer las inmensas necesidades de tratamiento y prevención de la tuberculosis. El secreto a voces en Washington era que la decisión del Fondo Mundial en realidad estaba influenciada por la campaña de “máxima presión” de la administración Trump.

La decisión de empeorar las condiciones para las tareas de asistencia antes e inmediatamente después de firmar la declaración de Singapur envió señales contradictorias a Pyongyang en el mejor de los casos. Sin embargo, lo más probable es que generara dudas razonables en los norcoreanos sobre el compromiso declarado de Estados Unidos de establecer nuevas relaciones.

Estos ataques a las operaciones humanitarias y de salud fueron consistentes con la propensión del gobierno de Trump a desmantelar todo tipo de iniciativas globales. Si bien algunos de estos problemas se corrigieron en la ONU, el daño ya estaba hecho: la gente común sufrió innecesariamente, las relaciones se tensaron y las operaciones de asistencia que ya carecían de recursos se vieron sometidas a una mayor presión.

Al igual que la decisión de Trump de reducir drásticamente la cooperación con China en el control de enfermedades, estas decisiones finalmente pusieron a las tareas humanitarias y de ayuda sanitaria mundial en las peores condiciones posibles en los años previos a una pandemia mundial. Esta politización de la ayuda casi se ha olvidado en Washington, pero ofrece un contexto esencial para entender cómo y por qué existen actualmente tantas dificultades para la cooperación humanitaria y sanitaria global en lugares como Corea del Norte.

Estas organizaciones de ayuda no gubernamentales, que son predominantemente religiosas, tienen operaciones de larga data en Corea del Norte, como la que yo represento: el American Friends Service Committee ha estado activo en Corea del Norte desde 1980. Sin embargo, los políticos rara vez valoran estas décadas de creación de confianza y experiencia en el terreno. Si bien escuché a funcionarios estadounidenses decir a los grupos de ayuda que son “la mejor representación de los valores estadounidenses en Corea del Norte”, la política de Estados Unidos ha erigido barreras significativas al trabajo de las organizaciones de asistencia mucho antes del COVID.

Aquí hay un desacuerdo clave: Estados Unidos ve la ayuda principalmente como una “zanahoria” para atraer a Corea del Norte al diálogo, mientras que Corea del Norte parece ver la ayuda como una actividad cooperativa esencial para restablecer una nueva forma de relación.

Como es evidente en la larga historia de la cooperación humanitaria en Corea del Norte, está claro que estos canales satisfacen necesidades críticas mientras respaldan los esfuerzos diplomáticos. Sin embargo, los canales humanitarios pueden ser peligrosos e ineficaces cuando se utilizan con el enfoque de “la zanahoria y el palo”, ya que las vidas de los ciudadanos comunes están en juego. Además, este enfoque politiza lo que de otro modo sería un cimiento importante sobre el cual construir relaciones.

La oportunidad de Washington

Hasta ahora, el gobierno de Biden no ha cambiado ninguna regulación de la era Trump respecto de la ayuda a Corea del Norte. De hecho, Biden ha optado por restablecer activamente las restricciones de viaje de la era Trump a pesar de que las fronteras de Corea del Norte permanecen cerradas. Estas regulaciones podrían retrasar la llegada de las delegaciones de asistencia humanitaria cuando se reabran las fronteras norcoreanas. No sorprende, entonces, que los intentos de esta administración de hablar con sus homólogos norcoreanos hayan sido recibidos con silencio. Después de todo, el gobierno no se ha diferenciado de su predecesor en este sentido a pesar de sus promesas de campaña.

El reciente brote de COVID es una oportunidad importante para que Biden ajuste aspectos críticos de las políticas humanitarias, como las regulaciones de las sanciones y las restricciones de viaje, incluso antes de que los norcoreanos estén dispuestos a aceptar ayuda. De acuerdo con los cambios recientes en las políticas hacia Cuba y Venezuela, la administración Biden ahora necesita ajustar su postura hacia Corea del Norte de manera que no sólo permita, sino que también fomente la cooperación humanitaria. Este es ahora un asunto de seguridad global y nacional. También puede tener el efecto secundario bienvenido de impulsar el diálogo con Corea del Norte.

El Congreso estadounidense también tiene un papel que desempeñar. Dado que el Congreso otorga a la administración facultades sancionadoras, también tiene la potestad de establecer exenciones humanitarias. En un gran gesto previsor, el senador Edward Markey y el legislador Andy Levin introdujeron la Ley de Mejora de la Asistencia Humanitaria a Corea del Norte, que eliminaría muchos de los obstáculos innecesarios para la asistencia vital.

Sin embargo, la medida se ha estancado por la oposición de miembros clave del Congreso, como el presidente del Subcomité de Asuntos Exteriores de Asia de la Cámara de Representantes, Ami Bera. Médico de profesión, Bera ha expresado su apoyo a la ayuda para la lucha contra el COVID-19 a Corea del Norte pero al mismo tiempo bloquea soluciones regulatorias clave que permitirían la entrega eficiente de esa asistencia. Este tipo de contradicciones en la política y la postura de Estados Unidos ya no son aceptables ya que, en palabras del Dr. Kee Park, especialista en salud global de la Escuela de Medicina de Harvard y trabajador humanitario experimentado en Corea del Norte, “estamos asistiendo a un inmensa, inmensa catástrofe".

El brote de COVID en Corea del Norte exige una respuesta urgente y es una crisis que brinda a Estados Unidos una oportunidad de bajo riesgo y alta recompensa para revitalizar los elementos más básicos y duraderos de la relación con Corea del Norte: la cooperación humanitaria. La alternativa es una pandemia global aún más prolongada y un estancamiento diplomático permanente.

Traducción: Agustín Menéndez
Edición: Florencia Grieco

Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no representan necesariamente la opinión de CADAL.

Daniel Jasper
Coordinador en el American Friends Service Committee, donde aboga por la diplomacia, la cooperación humanitaria y la consolidación de la paz con Corea del Norte y China desde 2015. Ha participado de delegaciones humanitarias a Corea del Norte, es cofundador de la Red de Paz de Corea y lidera los esfuerzos por las reuniones entre las familias coreano-estadounidenses separadas y sus seres queridos en Corea del Norte, la repatriación de los restos de los militares estadounidenses y el fin de la Guerra de Corea.
 
 
 

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